Tensiones, dispersiones, cambios. *

Tomando posiciones. Arte, pedagogía y espacio social

Arte y pedagogía no siempre se miran reconociéndose el uno al otro. A menudo, desde la mirada artística, la pedagogía ha sido relegada a aportar un valor accesorio a la producción cultural y ha sido vista bajo el peligro de menguar su calidad y su posición crítica. Desde la vertiente educativa y de acción social, el trabajo del artista se considera, frecuentemente, poco abierto a la colaboración transdisciplinar, con escasa capacidad para incidir en contextos específicos o sin la persistencia para trabajar en procesos expandidos en el tiempo. El planteamiento desde el que se posiciona ACVic va en la dirección de que estas visiones sesgadas no anulen la capacidad de definir nuevos escenarios y de poner en evidencia que han sido superadas por proyectos que actúan de una forma renovadamente crítica respecto a este tipo de actitudes.

Si la pedagogía la entendemos desde la producción de experiencias y si los conocimientos y valores que se desprenden de ella revierten en la activación y participación del espacio social, estamos reafirmando el sentido político de la educación. Si este potencial transformador de la práctica educativa lo vehiculamos conjuntamente con prácticas artísticas que comparten este sentido transformador y lo ponemos en relación con el contexto (espacio urbano, espacio social y espacio temporal), la producción de conocimientos, valores y experiencias pueden generar nuevas políticas culturales y aprendizajes basados en procesos colectivos. El educador y teórico Paulo Freire[1] dijo que la educación no es neutra, es siempre política, y que no existe práctica educativa sin ética ni estética. Si combinamos las prácticas artísticas con compromisos pedagógicos (o compromisos artísticos con procesos educativos), seguro que abriremos nuevas perspectivas tanto desde el ámbito de la educación como desde el ámbito de las artes que desplegarán en el territorio formas de aprendizaje fundamentadas en experiencias concretas. Si estas experiencias se nutren de los complejos contextos contemporáneos, aprenderemos a conocernos mejor, comprender mejor las culturas que los configuran, aumentar la capacidad de razonamiento crítico frente a los cambios acelerados y el desbordante bombardeo de mensajes y, probablemente, podrán transmitir de un modo diferente las capacidades del arte con el fin de articular experiencias colectivas con voluntad transformadora.

Desde este punto de partida y como campo de acción experimental, la relación arte-pedagogía no persigue solamente educar a través del arte o buscar nuevos públicos para el arte, sino que sobre todo procura generar situaciones en las que se posibilite experimentar con la transmisión de conocimientos y el intercambio de experiencias, investigar en la producción artística, utilizando técnicas y medios que permitan comunicarlo y vehicularlo a través de la incorporación o revitalización de dinámicas sociales. Las líneas generales en las que se fundamenta el programa de ACVic giran en torno a tres elementos interconectados: la producción artística, el trabajo pedagógico y las redes de relación. Mediante los programas EXPO, EDU y LAB se llevan a cabo la mayor parte de actividades que se inscriben bajo este planteamiento, buscando que públicos, usuarios y agentes involucrados se incorporen progresivamente a un proyecto lo bastante maleable para que quepan en él todas aquellas prácticas comprometidas con el espacio social susceptibles de relacionarse con prácticas artísticas. De hecho es un espacio transversal que atraviesa varias prácticas que entre ellas se pueden relacionar a partir de un proyecto común.

 

A través del espejo, la exposición

Las prácticas artísticas deben reflejar los conflictos cotidianos que convergen en el espacio social. Uno de los temas de este debate contemporáneo pasa por el cambio de paradigma que han planteado las nuevas tecnologías en el ámbito de la comunicación global. El arte, por mucho que en ciertos momentos se considere que pertenece a una esfera marginal de las actividades contemporáneas, no se escapa de formar parte de este amplio espectro de la comunicación. El arte, y por tanto la comunicación, están claramente afectados por múltiples cambios que han introducido las tecnologías en combinación con Internet.

Con la exposición A través del espejo, Joan Fontcuberta participa de lleno en una serie de cuestiones que son cruciales en este debate contemporáneo. La exposición plantea una reflexión sobre la importancia y el incremento de imágenes, la proliferación de autores frente a la transformación del concepto tradicional de autoría, la facilidad de generar imágenes, la pérdida de su control, el potencial de difusión y dispersión vírica de la red, las amenazas en las nociones de privacidad frente a la escenificación pública de la intimidad, elementos todos ellos evidenciados y potenciados con el uso de las redes sociales y, en este caso, cruzándolo desde la perspectiva artística. Compilando aquellas imágenes de personas que se fotografían delante del espejo, la mayoría publicadas en Internet y difundidas mediante el uso de las redes sociales, disparándolas en una sobreproyección de autorretratos que se superponen, convirtiéndolo en un escenario saturado en el que tiene lugar un espectáculo de desbordada subjetividad en el que, como comenta Joan Fontcuberta, “prevale la autoexploración lúdica por encima de la memoria”. En la exposición se encuentra un dispositivo dotado con una cámara y un software en el que el espectador puede añadir su autorretrato a la exposición.

Joan Fontcuberta dijo, en una determinada ocasión en la que presentaba parte de su trabajo, que a grandes rasgos hay dos tipos de fotografía, la que pertenece a un orden decorativo y la que se ubica en el ámbito del pensamiento; la que embellece y la que hace pensar. Desde sus inicios él trabaja en el campo de la fotografía que induce a la reflexión, la que subvierte la realidad y genera otra nueva inscrita en el pensamiento del espectador. Este es el reto y el punto de partida en la mayoría de sus trabajos, articular un conjunto de imágenes que orienten o desorienten al espectador hacia unas determinadas realidades (o pararrealidades) con el objeto de cuestionar, debatir o sencillamente inducir a la reflexión, incitando al espectador a asumir un rol activo. Pero cuando las imágenes se multiplican y se multiplican, como es este caso, las reflexiones deben partir del conjunto significativo. Aquí Internet es el medio y el mensaje. Un medio multiplicador y un mensaje que nos llega saturado. Nuestra mirada está condicionada por estos mecanismos. Una imagen nos puede hacer pensar, la multiplicación de imágenes no nos hace pensar de manera proporcional; contrariamente nos aturde, nos embriaga. El artista nos pone un espejo en el que se refleja una realidad saturada de información visual, una manera subversiva de ejercer el control social. El exceso de información nos aleja de la capacidad de concentración, de reflexión, de pensamiento.

 

Tecnologías de la dispersión

La construcción de las imágenes y la representación del mundo ya no son patrimonio de un selecto grupo de artistas, ya sean fotógrafos, cineastas, reporteros, videoartistas, dibujantes, pintores o de cualquiera de las ramas de las artes y la creación contemporáneas. Las tecnologías de la imagen son las que más rápidamente han evolucionado hacia una democratización y uso generalizado, y no tan solo en el ámbito de la creación de imágenes, sino en el contexto global de la comunicación. El entorno contemporáneo ha introducido cambios en el ámbito de la producción, difusión y consumo de textos, imágenes, sonidos, infografías y datos, de manera que la producción y lectura o la emisión y recepción de mensajes ya no se pueden entender como un sistema unidireccional (emisor, mensaje, receptor). El receptor es al mismo tiempo el emisor y, por tanto, se convierte en productor de mensajes. Por la facilidad que actualmente ofrecen las nuevas tecnologías, el número de productores-consumidores de mensajes-imágenes se ha multiplicado exponencialmente. Por otro lado, la comunicación pública se ha desmasificado con el objeto de dirigirse al usuario, los mensajes buscan al individuo o a grupos que comparten afinidades. Cambios recientes y radicales que han llevado a plantear nuevos paradigmas en la comunicación con la aparición del actual paisaje mediático que facilita la Red. José Luis Orihuela ha sistematizado estos cambios en diez puntos a fin de explicarnos el paso hacia la e-comunicación.[2] Estos, de manera resumida, son: (1) el usuario se convierte en el eje sobre el que pivota el proceso comunicativo; (2) el contenido como vector de identidad que debe ser accesible desde múltiples plataformas, la imagen de marca transfiere valor aportando credibilidad y prestigio; (3) los lenguajes multimedia se han democratizado y universalizado, los diferentes medios de comunicación confluyen en Internet y permiten la convergencia de todos los soportes informativos (texto, fotografía, vídeo, audio, gráficos, animaciones); (4) la información y la actualización de contenidos se hace en tiempo real, esto se amplifica por el uso creciente de las redes sociales, que a la par hacen de multiplicadores de relatos en tiempo real; (5) de la escasez a la abundancia, se ha pasado de los canales restringidos de comunicación al exceso de información y, por tanto, a la gestión del exceso; (6) la no intermediación en los procesos comunicativos, esto propone un ámbito de debate que pasa por la búsqueda y edición de la información, el contraste de las fuentes, el sentido de oportunidad, en definitiva, elementos que afectan la autoría profesional; (7) el acento en el acceso a los sistemas adquiere valor y se prioriza considerando que la distribución es multidireccional y asimétrica; (8) las diversas dimensiones de la interactividad, de la unidireccionalidad a la comunicación dinámica, inmediata, participativa; (9) el hipertexto como gramática del mundo digital, por lo tanto un sistema de lectura ramificada y entrelazada; y como décimo punto, la revalorización del conocimiento por encima de la información. La gestión del conocimiento, su difusión y la creación de una masa crítica (usuarios) se vuelven unos de los principales motivos de preocupación para cualquier emisor-receptor que es al mismo tiempo usuario-productor de contenidos en un espacio comunicativo universal.

La mayoría de personas tienen en sus manos numerosos artefactos tecnológicos que permiten una frenética actividad multitarea, y las personas cada vez han tenido que adaptarse más a esta necesidad de estar haciendo varias cosas a la vez. Los más jóvenes parece que ya lo llevan incorporado en el ADN. Esto no quiere decir que el nivel de concentración se mantenga de la misma manera en las diferentes tareas. De hecho, más que tecnologías de la información tienden a la dispersión. Evidentemente, el aparato que concentra de modo más eficaz todo este conjunto de dispositivos es el móvil, por su compilación de patentes en un reducido espacio que permiten hablar por teléfono, navegar por Internet, conectarse a cualquier red social, hacer fotos y geolocalizarlas, escuchar música, gravar audio, enviar mensajes, jugar, grabar vídeo en alta definición, colgarlo en Internet y toda una serie de applets en constante aumento que dependen de la imaginación de los desarrolladores de software en conjunción con el fabuloso negocio de la telefonía. Un negocio repartido entre contadas grandes multinacionales que exprimen la “democratización” tecnológica mediante uno de los productos que reúne, en un espacio cada vez más reducido, los más grandes inventos de nuestra época globalizada. Aunque el teléfono es sin duda el adalid, deben tenerse en cuenta muchos otros productos más especializados pero que también permiten combinar la comunicación (relación con los otros) con el archivo (conocimiento y registro) y la distribución de contenidos (difusión globalizada) mediante imágenes fijas o en movimiento, mensajes, textos, twits, blogs, posts, etc. La multiplicación de medios y su interrelación amplifican la posibilidad de voces en la esfera pública, incrementan la posibilidad de autogestión y de construcción de redes de socialización que inevitablemente inciden en el espacio sociopolítico. “La proliferación de estas invenciones mediáticas menores significa que existe un creciente número de visiones alternativas publicitadas sobre nuestra realidad social, lo que crea la posibilidad de una creciente diversidad de enfoques y voces en el dominio público.”[3]

En una conferencia impartida por Joan Fontcuberta en la Universidad de Vic en el marco de la exposición A través del espejo, él mismo comentaba que en un determinado momento, previo a toda esta evidencia tecnológica actual y con el objetivo de asesorar un estudio que estaba llevando a cabo una empresa, se le pidió opinión sobre como vería si un teléfono pudiera hacer fotos. Él contestó que aquel ingenio sería un absoluto fracaso. Aquel era un momento en el que las buenas fotos requerían buenas cámaras, inaccesibles para la mayoría de mortales. Evidentemente, el tiempo ha demostrado su visionario error, y añadía que probablemente, si le hubiesen pedido la opinión sobre una cámara fotográfica que permitiese hacer llamadas telefónicas, a buen seguro que habría manifestado que este sí que sería un gran invento.

Este comentario de Fontcuberta evidencia su ironía y la capacidad de adaptarse a los nuevos escenarios, pero al mismo tiempo plantea la inevitable angustia que para muchos fotógrafos ha supuesto y está suponiendo este cambio de paradigma impulsado por las nuevas tecnologías. El hecho de que son tecnologías asequibles y la posibilidad que tienen un gran número de personas de dedicarle una mayor cantidad de tiempo facilitan su expansión. La retardada incorporación de los jóvenes a los mercados de trabajo, las numerosas personas que no tienen trabajo y la conquista del derecho a disponer de tiempo de ocio para aquellos que trabajan contribuyen a la proliferación de imágenes y textos que circulan continuadamente por las redes sociales. Bueno, no es tan solo la gestión del tiempo libre la que permite una gran actividad comunicativa (y por ende consumidora y emisora de mensajes), sino también la necesidad de alimentar constantemente la circulación y difusión de contenidos, que hace que empresas, profesionales, asociaciones, ONG o cualquier proyecto que quiera dotarse de valor esté igualmente pendiente o dependiente de estas tecnologías y su conexión en la Red. Y es que quien no está presente en este espacio público virtual deja de existir. La transformación de las economías productivas en economías de servicios, con una mayor necesidad de comunicación, de multiplicación de mercados, la desaparición de la plena ocupación con una consecuente mayor disponibilidad de tiempo, la transición de la sociedad del trabajo hacia la sociedad del saber y toda una serie de cambios que se han acentuado de forma progresiva contribuyen, cada uno a su manera, a incrementar la presencia en estos nuevos espacios públicos virtuales (también reales). En una economía política basada en la inseguridad, en la sociedad del riesgo[4] y donde la velocidad sigue siendo el motor social, la angustia de muchos fotógrafos en este momento de ultraproductividad de imágenes y de aparición de nuevos roles es tan solo equiparable a la angustia de los pintores en el momento en que la fotografía apareció en nuestra sociedad. En aquel momento la pintura tuvo que hacer un radical giro para sobrevivir a la competencia que había significaba aquella combinación de inventos científicos (óptica, química, mecánica) en el contexto de la representación. Del mismo modo que la aparición de los primeros daguerrotipos hacia 1939 llevó a manifestar que la pintura había muerto, a principios de los años noventa William J. Mitchell[5] consideró que la imagen digital había desplazado de manera radical y permanente la fotografía, y con ella uno de los valores que aún mantenían las imágenes analógicas, que era ser garantía visual de la verdad. Con la imagen digital esto se ha disuelto, por la facilidad de su manipulación y la desaparición del concepto de original y copia. Como bien señala Fontcuberta en un artículo publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia, “Cortando las amarras de sus valores fundacionales, abandonando las prescripciones históricas de verdad y memoria, la fotografía ha acabado cediendo el testimonio: la posfotografía es lo que queda de la fotografía”.[6]

Es este un artículo en el que explicita claramente su visión del contexto artístico contemporáneo en relación con la fotografía, con las nuevas tecnologías, con el contexto social, con la circulación de la información y con su acceso (lo que llama estética del acceso) y presenta un decálogo que resume de manera lúdica los elementos esenciales de la tensión existente provocada por este cambio de paradigma que afecta de lleno las artes contemporáneas. Algunos de ellos son la disipación de roles en la creación contemporánea (artista, comisario, profesor, productor…), la circulación y gestión de las imágenes por encima de los contenidos, la economía del reciclaje por encima de la nueva producción de imágenes, el compartir más que poseer o la disolución del concepto de autoría.

Esta situación contemporánea sobre el tema de la autoría no es nada más que una prolongación de la muerte del autor pronosticada por Roland Barthes en 1967.[7] Una situación que afecta no solo a la fotografía, sino a la práctica artística en su totalidad. La producción de imágenes se ha convertido en una práctica generalizada; si el autor puede ser cualquiera, probablemente el autor cada vez es menos importante o adquiere una importancia testimonial y temporal. Lo que crece en interés es el acontecimiento global que ordena y da sentido al conjunto disperso y prolífico. En el campo del arte son las bienales, los festivales, los acontecimientos, que son construidos, consumidos y compartidos de manera colectiva. Una especie de reproducción de la sobreinformación existente en la Red pero a través de unos recorridos seleccionados y ordenados para dar un cierto sentido al caso permanente del espacio público, en un mundo desorientado, diverso culturalmente y al mismo tiempo globalizado.

Seguramente la ingente producción de imágenes y textos que dan y darán sentido a los estudios etnológicos sobre el presente en el futuro adquieren forma en el espacio de Internet. En este caso, Joan Fontcuberta ha convertido este tema en base de su producción artística más reciente y también en motivo de sus investigaciones hacia una práctica artística contemporánea, fundamentada en la posfotografía en un contexto posfordista.

 


[1] Paulo Freire, Pedagogía del compromiso, Barcelona, Hipatia Editorial, 2009.

[2] José Luis Orihuela, “Los nuevos paradigmas de la comunicación”, eCuaderno, 2002. Disponible en línea en: <http://www.ecuaderno.com/paradigmas>.

[3] Andreas Broeckmann, “Engage.net: estrategias mediáticas menores para la fotografía en internet” [2000], en Jorge Luis Marzo (ed.), Fotografia y activismo. Textos y prácticas (1979-2000), Barcelona, Editorial Gustavo Gili, 2006, p. 367-371.

[4] Para estos temas, véase Ulrich Beck, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, Barcelona, Paidós, 2007.

[5] William J. Mitchell, The Reconfigured Eye: Visual Truth in the Post-Photographic Era, Cambridge, MIT Press, 1994, p. 23-57.

[6] Joan Fontcuberta, “Por un manifiesto posfotográfico”, Cultura/s [La Vanguardia, Barcelona], núm. 464 [11 mayo 2011].

[7] Aunque para Roland Barthes la muerte del autor hace referencia al nacimiento del espectador como intérprete de la obra y por tanto adquiere una responsabilidad autoral en tanto que es quien acaba dando sentido a los textos o a la obra de arte. La disolución de la autoría en el contexto contemporáneo es un discurso que se ha construido sobre todo a partir del uso de Internet, la reapropiación de imágenes y la filosofía del software de código abierto, en el que la autoría es compartida.


(*) Parramon, Ramon. Tensiones, dispersiones, cambios. En Fontcuberta, Joan. A través del mirall. Barcelona: 2011, Departament de Cultura, Generalitat de Catalunya, pp. 8-11