Arte y espacio público. ¿Campo de acción o campo de batalla? ¿Producto o servicio?

Artículo publicado en el catálogo de exposición: Murria, Alicia (Dir.) Distorsiones, documentos, naderías y relatos. La Palmas de Gran Canaria: Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), 2009. ISBN 978-84-89152-94-6

Por Ramón Parramón*

A juzgar por la proliferación de centros de arte en nuestro país, podríamos pensar que contamos con una floreciente industria cultural surgida desde el sector público y que pivota sobre el trabajo que producen los artistas en forma de exposiciones, bienales, concursos y eventos diversos. De forma paralela, e incesante, escuchamos voces que atacan todas estas construcciones institucionalizadas y sus programas bajo acusaciones de frivolidad, inutilidad, decadencia, tomadura de pelo, etc., expresiones, en suma, que delatan una ausencia voluntaria de comprensión y que provocan un estado de permanente “crisis coyuntural”. Así mismo, contamos con un público creciente, consumidor-visitante, que oscila entre el interés por comprender y la frustración por carecer de los recursos que faciliten esta comprensión. Tenemos, además, a los profesionales de la política, gestores de lo público que miran estos asuntos de reojo, con una mezcla de recelo, consentimiento y admiración, faltos de confianza real, dubitativos respecto a desmontar definitivamente este entramado, y que ralentizan su impulso decidido; además, y por si fuera verdad que las industrias creativas constituyen el futuro de las ciudades postindustriales, incorporan a gerentes que vislumbran una incuestionable conexión entre el capital cultural y el capital económico. Pero mientras se busca este filón dorado, y a la espera de que surjan modelos que aporten una mayor clarividencia, se opta por reducir notablemente la disponibilidad de recursos para impulsar con dignidad los procesos de producción. Esta precariedad implícita en la creación artística ha sido puesta en evidencia por el mismo comisario de Documenta 12, Robert Buergel[1], al alentar un nuevo movimiento artístico, el arte boicot, que se caracterizaría por declinar la participación en una bienal una vez invitado, rechazo que se podría extender a la participación en una exposición o cualquier otro evento, y que debería ser entendido como una acción directa y contundente contra esta precariedad que afecta de diversa manera a aquellos que trabajan en el campo del arte. A pesar de todo ello, si algo queda claro, desde la lógica de las políticas culturales, es que toda ciudad que quiera posicionarse en este juego globalizado y competitivo debe incorporar de forma estratégica un plan de acción en el cual el arte tome forma y participe de ello.

Entre todo este entramado contextual el arte se sigue debatiendo entre un victimismo, propiciado por los mismos agentes implicados y que responde a la realidad precaria de la situación, y la ilusión eufórica que fomentan las políticas locales de la ciudad postindustrial: después de la deslocalización se nos abre un basto campo de trabajo cuyo epicentro debe ser la actividad cultural. De hecho, la creatividad es ese preciado elemento que incorpora valor añadido a las cosas, también a las ciudades. No sólo los objetos son susceptibles de intercambiarse como mercancía, y por tanto promover transacciones comerciales, también lo son las actividades y las relaciones sociales[2]. En estas circunstancias, el control de la producción cultural es algo que interesa a los gobiernos pues estar desprevenido en este cambio de roles productivos podría ser fatal para cualquier gestor de la infraestructura pública. Este cambio en el cual estamos inmersos ya fue analizado por Dean McCannell: “la economía de la producción cultural es fundamentalmente diferente de la producción industrial. En lugar del trabajo explotado encontramos el ocio explotado. A diferencia de la industria, las ganancias importantes no se logran en el proceso de producción, las obtienen los empresarios marginales con empresas en el límite de la producción real.”[3]

En el ámbito de la producción cultural el espacio que ocupa el arte es frágil, es el menos favorecido de todo este paquete accionarial de la llamada industria cultural; su grado de comunicabilidad está más diluido, sus públicos más reducidos, aunque no por ello escapa de aportar valor a las ciudades que persiguen mayores cotas de prestigio y turismo cultural. Este componente de visibilidad y espectáculo, menor que en otros productos culturales, contribuye a mantener en una línea horizontal un gráfico que representaría el grado de interés o importancia de la actividad artística en nuestro contexto pero que adquiere puntos álgidos en cuanto a la creación de infraestructuras espaciales, contenedores y fortificaciones para toda esta actividad.

La tensión entre el proceso creativo y el contenedor institucionalizado ha estimulado, con fuerza la aparición de formas de trabajo que persiguen reformular la idea de que la labor creativa es más un servicio que un producto; un servicio que necesita, y/o desea, ubicarse en un contexto concreto, con problemáticas o temáticas específicas y que acontece en un momento o periodo de tiempo determinado. Los grados de compromiso dentro de esta lógica serán variables en función de los intereses y, en muchos casos, necesitarán vincularse a un espacio social[4] que acote y justifique esta actividad. El resultado final podrá ser algo intangible o bien una suma de pequeños productos que darán visibilidad a todo el proceso generado. Elementos de registro: vídeo, imágenes, notas… pero también, en otros casos, recurriendo a otros medios y formatos, desde estrategias comunicativas o relacionales a proyectos que combinen análisis, acciones educativas y dispositivos de visibilidad. Un proyecto reciente impulsado por Jorge Luis Marzo, “hem près la radio” (hemos tomado la radio)[5] ha explorado con éxito la posibilidad de introducirse de manera amplia en los medios (radio, televisión) con trabajos de artistas que se han adaptado y adecuado a estos formatos. Puede ser ésta una forma de contra-actuar en relación a las quejas del sector que, reiteradamente, han manifestando cómo los medios de comunicación, y en especial la televisión, no acaban de incorporar al arte en sus programaciones, a pesar de que el vídeo es una técnica compartida y la postproducción una práctica extendida en la creación contemporánea[6].

La ciudad y el territorio son actualmente un campo de acción que suscita creciente interés en la búsqueda por expandir y experimentar nuevas formas mediante múltiples prácticas. El arte se incorpora a este proceso desde una mirada propia y generando un espacio de actuación posible. La complejidad que requiere incidir en el ámbito de lo público pone de manifiesto la necesidad de utilizar planteamientos multidisciplinares, que pueden incorporar aspectos de interacción con públicos no iniciados, que pueden señalar incitando y despertando la actitud crítica, que pueden plantear nuevas significaciones en el espacio utilizando infraestructuras existentes, que pueden abrir procesos de trabajo que sean retomados por otras personas involucradas en la transformación del espacio social, que pueden, en suma, convertirse en elementos activos en la construcción, comprensión y reinterpretación del lugar en el que se actúa.

Este tipo de actividades artísticas se ha englobado a menudo dentro del pack “arte público”; sin embargo, este término resulta impreciso ya que acoge indiscriminadamente formatos anacrónicos que conviven con aportaciones capaces de introducir formas innovadoras en el contexto del arte. Lo remarcable es que se empiezan a consolidar programas que permiten este tipo de trabajos y que, por una evidente retroalimentación, coinciden con un creciente interés por generar proyectos que, de otra forma, no encontrarían posibilidad de realización; se trata de un ámbito de actuación que requiere de un continuado cambio y no sólo de formatos sino también de tácticas. Hace más de 25 años el programa Public Art Found impulsa trabajos de artistas para que sus obras entablen una relación de proximidad con el vecindario propio de ciertos barrios neoyorquinos. Otras iniciativas más recientes, como InSite, incorporan temáticas con una carga social más compleja; en este caso la mirada crítica y comprometida sobre el concepto de frontera y la relación con la comunidad, ya que su campo de actuación se encuentra en la zona fronteriza entre Tijuana y San Diego. También en nuestro país se activan, con distintos objetivos, plataformas o proyectos desde la cuales impulsar propuestas creativas en relación con el espacio público y el ámbito de lo público que, por cierto, no se encuentran exentas de riesgo como es el posible desgaste por exceso o bien una excesiva y monopolizadora presencia institucional en un ámbito de trabajo, el espacio público, donde la tensión conflictiva es latente. El arte no es neutral, ni debe serlo y el necesario enfoque crítico puede sucumbir rápidamente si el impulsor se convierte en controlador. Otro de los riegos sería el de los enfoques excesivamente subjetivistas o autorefenciales por parte de los artistas.

Es importante establecer mecanismos de negociación y de mediación donde el trabajo artístico y la relación con el lugar y el espacio social puedan encontrarse y extraer elementos de interés basados en una relación recíproca. El trabajo artístico pasa aquí al dominio público y por lo tanto el uso es colectivo. El resultado se fundamenta en un proceso y, como tal, se asemeja más a un servicio que a un producto. El beneficio colectivo de todo ello pivotará sobre este servicio, que no es otro que la interacción generada y el intercambio de conocimiento. Comunicar y explicitar el resultado de todo este proceso educativo recae también del lado de la actividad artística, éste es el verdadero campo de batalla en la que los nuevos centros de producción de arte no pueden eludir su participación.

*Ramon Parramón, artista, director del proyecto IDENSITAT

[1] Entrevista de Fietta Jarque a Robert Buergel. El PAIS, Babelia, 16/12/2006

[2] La estética como espacio de deseo y seducción, la cultura visual y su relación con las corporaciones, la rapidez y la abundancia de imágenes como fenómeno comercial, el control de los relatos, son cuestiones tratadas en el capítulo: Una cultura corporativa, en Joost Smiers, Un mundo sin copyright. Barcelona, Ed. Gedisa, 2006

[3] Dean McCannell. El turista. Una nueva teoría de la clase ociosa, Barcelona, Editorial Melusina, 2003

[4] El geógrafo José Ortega Valcárcel ha definido el concepto de espacio como producto social como algo complejo y polifacético, “es lo que materialmente la sociedad crea y recrea, con una entidad física definida; es una representación social y es un proyecto, en el que operan individuos, grupos sociales, instituciones, relaciones sociales, con sus propias representaciones y proyectos (…) Es un producto social porque sólo existe a través de la existencia y reproducción de la sociedad”.

[5] www.hempreslaradio.net

[6] El concepto de postproducción en relación con el arte se refiere a la reutilización, interpretación, utilización de obras realizadas o productos culturales. Ha sido desarrollado por Nicolas Bourriaud en Postproducción. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2004